Pele el ojo: no deje que sus hijos enfrenten solos el acoso sexual en línea

 

Por: Redacción ColibrIA

Están sentados en el mismo sillón. Comparten casa, wifi y hasta la misma red social. Vos abrís el teléfono y encontrás noticias, recetas, viajes y algún video que te hace reír. Tu hija, a pocos centímetros, abre exactamente la misma aplicación, pero lo que aparece en su pantalla puede ser completamente distinto.

Tal vez encuentre cuerpos perfectos, rutinas de skincare, relaciones maravillosas o videos que le dicen cómo debería verse, vestirse o comportarse. A otro adolescente podrían aparecerle apuestas deportivas, contenido sexualizado, retos o mensajes sobre lo que significa «ser un hombre». Estamos bajo el mismo techo, pero podemos estar habitando mundos digitales muy diferentes.

Las plataformas van aprendiendo de nosotros, muchas veces sin que nos demos cuenta. No solo registran lo que buscamos o a qué le damos «me gusta», también cuánto tiempo nos detenemos en un video, qué compartimos, qué volvemos a ver o qué pasamos rápidamente. Cada una de esas acciones deja pequeñas pistas sobre lo que despierta nuestro interés. A partir de ellas, los algoritmos van ajustando lo que aparece en nuestra pantalla y nos muestran más contenido parecido al que logró captar nuestra atención.

En una persona adulta esto puede resultar hasta útil. Buscamos un destino para vacaciones y poco después aparecen hoteles y restaurantes. Pero ese mismo mecanismo adquiere otra dimensión cuando pensamos en alguien que todavía está descubriendo quién es, dónde encaja y qué piensan los demás de él o de ella.

La adolescencia es justamente una etapa de búsqueda. La identidad todavía se está construyendo y la necesidad de pertenecer y ser aceptado adquiere un peso especial. Compararse y preguntarse «¿qué pensarán de mí?» son experiencias propias del crecimiento. Además, esas expectativas no siempre son iguales para chicas y chicos. Mientras unas pueden recibir una y otra vez mensajes sobre belleza, delgadez o sexualización, otros pueden encontrarse con contenidos que asocian ser hombre con fuerza, éxito, dinero, o ausencia de vulnerabilidad.

Nada de esto nació con las redes sociales. La diferencia es que hoy esos mensajes pueden acompañarlos durante buena parte del día y adaptarse a aquello que despierta su interés.

Pensemos en una adolescente que una mañana se mira al espejo y no se siente bien con su cuerpo. Tal vez alguien hizo un comentario, se comparó con una amiga o simplemente ese día no le gusta lo que ve. Busca cómo bajar unos kilos, mira un video, después otro y guarda una rutina de ejercicios.

El algoritmo no sabe qué ocurrió esa mañana frente al espejo. No sabe si está triste, insegura o simplemente sintió curiosidad. Solo registra que ese contenido captó su atención y puede comenzar a mostrarle más. Sin proponérselo, puede terminar reforzando una preocupación que ya estaba ahí.

Cuando una misma idea aparece una y otra vez, podemos empezar a sentir que eso es lo normal. «Todas se ven así», «yo debería verme así». Lo que vemos repetidamente también puede influir en la manera en que nos miramos y en lo que creemos que los demás esperan de nosotros.

La clave no está en demonizar la tecnología, sino en acompañarlos para que aprendan a moverse en ese mundo con mayor autonomía, cuestionando lo que ven, reconociendo cómo lo que consumen influye en lo que sienten y sabiendo cuándo detenerse o pedir ayuda. Esa autonomía se construye de manera progresiva. Conforme desarrollan criterio y capacidad para tomar decisiones, las personas adultas podemos ir dando más espacio, sin dejar de estar presentes.

Por eso hablar de bienestar digital implica mirar más allá del reloj. Dos adolescentes pueden pasar dos horas con el teléfono y vivir experiencias completamente diferentes. Importa lo que ven, con quiénes se relacionan, qué hacen en línea y cómo se sienten después.

Tal vez una pregunta más reveladora que «¿cuánto tiempo llevás con el teléfono?» sea «¿cómo te sentís después de pasar un rato ahí?». O algo todavía más sencillo, «¿qué te está mostrando últimamente tu pantalla?». Y escuchar, sin convertir inmediatamente la respuesta en una lección o una advertencia.

Pero no podemos poner la responsabilidad sobre las personas menores de edad. Familias y docentes acompañan y ayudan a desarrollar criterio. Las empresas desarrolladoras y el Estado también tienen responsabilidades en la construcción de entornos digitales seguros, inclusivos y adecuados a las capacidades de cada etapa del desarrollo.

No necesitamos ser expertos tecnológicos Necesitamos mantener abierto el vínculo y ayudarles a comprender que lo que aparece en su pantalla no es necesariamente el mundo, sino una selección del mundo construida a partir de lo que ven o buscan.

Quizá no estemos viendo la misma internet que nuestras hijas e hijos, pero sí podemos acompañarlos para que aprendan a comprender lo que ven, cuestionarlo y usar la tecnología a favor de su bienestar.

 

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