Grooming: cuando el peligro se disfraza de amigo

 

Por: Marcela Herrera

Hace algún tiempo, durante una charla, un papá me contó que su hijo de siete años era especialmente hábil con los videojuegos. Estaba tan orgulloso de sus destrezas que le permitía acceder incluso a juegos recomendados para edades mayores. Como ocurre en muchas familias, presumía que si su hijo dominaba la tecnología también estaba preparado para desenvolverse con seguridad en ella.

Todo parecía normal hasta que el niño comenzó a hacer preguntas frecuentes sobre la diferencia horaria entre Costa Rica y España. Con el paso de las semanas, el interés por ese país aumentó y, al mismo tiempo, aparecieron señales de ansiedad. Ya no disfrutaba tanto de los videojuegos y se mostraba preocupado con frecuencia.

Cuando su papá le preguntó qué ocurría, el niño le explicó que tenía un amigo español con quien intentaba coincidir en horarios para conversar por chat. Fue entonces cuando descubrieron una realidad alarmante: ese supuesto amigo era un adulto que le solicitaba imágenes íntimas a cambio de premios.

Historias como esta nos recuerdan que la seguridad de nuestras hijas e hijos no depende únicamente de las paredes del hogar. Aunque estén en su habitación o sentados junto a nosotros en la sala, pueden estar expuestos a riesgos que muchas veces pasan inadvertidos.

Uno de ellos es el grooming, una forma de violencia sexual que ocurre en entornos digitales. Consiste en el proceso mediante el cual una persona adulta construye una relación de confianza con una persona menor de edad para manipularla y obtener imágenes, favores o encuentros de naturaleza sexual.

Lo que hace especialmente peligroso al grooming es que rara vez comienza con amenazas. Suele iniciarse con conversaciones aparentemente inocentes. La persona agresora escucha, acompaña, halaga, comparte intereses y se convierte en alguien significativo para la niña, niño o adolescente. Ese vínculo es utilizado posteriormente para manipular, presionar o chantajear.

Esta forma de violencia se aprovecha de una etapa de la vida marcada por la búsqueda de pertenencia, reconocimiento y conexión. Por eso es importante comprender que no estamos ante un problema tecnológico, sino ante una forma de violencia sexual basada en una profunda desigualdad de poder. La responsabilidad nunca es de la persona menor de edad, sino de quien decide engañar y vulnerar su confianza.

Las señales de alerta estuvieron presentes y este papá supo reconocerlas: cambios repentinos en el estado de ánimo, ansiedad, aislamiento, irritabilidad, preocupación excesiva por mantenerse en línea o la aparición de secretos relacionados con personas conocidas en internet. También es frecuente que el agresor promueva el secretismo mediante frases como «es nuestro secreto» o «no se lo digás a tus papás».

Las consecuencias emocionales pueden ser profundas. Muchas víctimas experimentan vergüenza, culpa, miedo y una sensación de traición que dificulta pedir ayuda. En ocasiones, el temor a ser castigadas o a perder acceso a sus dispositivos las lleva a guardar silencio.

La prevención comienza mucho antes de que aparezca el riesgo. No basta con instalar controles parentales o limitar el tiempo frente a las pantallas. También debemos conversar sobre privacidad, consentimiento y relaciones saludables. Necesitamos crear espacios donde nuestras hijas e hijos sepan que pueden acudir a nosotros cuando algo les incomoda, confunde o preocupa.

Si una situación de grooming ya ocurrió, la prioridad es escuchar y proteger. Es fundamental evitar culpabilizar a la persona menor de edad, conservarlas evidencias digitales, bloquear al agresor, denunciar y buscar apoyo profesional.

Y precisamente eso fue lo que ocurrió en la historia con que se inicia este artículo. Cuando los padres detectaron las señales de alerta, decidieron escuchar a su hijo sin juzgarlo ni castigarlo. Buscaron apoyo, bloquearon el contacto con el agresor y fortalecieron los espacios de diálogo en casa.

Poco a poco, el niño recuperó la tranquilidad, volvió a disfrutar de sus actividades y comprendió que no había hecho nada malo. Lo que marcó la diferencia no fue una aplicación ni un control parental. Fue la confianza que encontró en las personas adultas que lo acompañaban.

La tecnología seguirá formando parte de sus vidas. El desafío no es educarlos desde el miedo, sino desde el acompañamiento. Porque algunas formas de violencia llegan disfrazadas de amistad y encuentran entrada a través de una pantalla.

 

La prevención comienza mucho antes del primer mensaje sospechoso. Comienza en una relación de confianza donde nuestras hijas e hijos sepan que, pase lo que pase, siempre tendrán a quién acudir cuando algo no se siente bien.

 

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