Por: Mariam Carpio
Para algunas personas, la nieve simplemente es blanca. Para quienes han aprendido a vivir entre ella, existen diferencias que a otros les pasan inadvertidas. Así, para los inuits, es importante distinguir entre nieve que cae, nieve compacta, nieve arrastrada por el viento o nieve que comienza a derretirse. No porque sus ojos sean distintos, sino porque han aprendido qué observar.
Con nuestros hijos pasa algo parecido. A veces los vemos con un celular en la mano, pero no alcanzamos a identificar qué hay detrás de esa necesidad de estar conectados. Si prestamos atención, vemos cuándo estar conectados es importante para ellos, y cuándo condiciona sus decisiones. Aprendemos a distinguir cuándo eligen y cuándo reaccionan. También comprendemos cuándo Internet les acerca a sus amigos y cuándo les genera ansiedad y miedo.
En internet hay miedos que les alertan de peligros reales mientras navegan, otros que nacen de lo que les podría ocurrir y otros relacionados con el rechazo, la exclusión o la necesidad de pertenecer.
Frente a las pantallas, muchos de nuestros hijos adolescentes viven constantemente el miedo de que habla la canción de Consuelo Velázquez: «miedo de perderte, perderte después…», ese que refleja la angustia, el temor al futuro y la incertidumbre de una posible separación. Se expresa mediante el anhelo profundo de vivir el momento presente con intensidad.
Ese miedo a perderse algo en redes sociales es el FOMO (Fear of Missing Out). Es un acrónimo en inglés que se refiere al temor a quedar por fuera de las experiencias. Es la ansiedad de no estar al tanto de los últimos mensajes en el WhatsApp o de perderse las conversaciones que se comparten en el chat mientras juegan en línea.
Pensemos en nuestro hijo de 15 años, que está cenando en familia y recibe una notificación en el celular. Sabe que sus amigos están conversando y siente la necesidad inmediata de revisar qué está pasando. No quiere quedarse por fuera ni ser el único que no se enteró.
Con la necesidad de ver qué están escribiendo sus amigos, y el miedo de no saber qué está pasando, se manifiestan los síntomas del FOMO. Se expresa con la ansiedad de no estar ahí; se ve con la irritabilidad por estar perdiéndose algo; se siente con el vacío y soledad cuando no participan.
Antes de quitarles el teléfono, vale la pena recordar que para un adolescente pertenecer al grupo importa (y mucho). Algunos estudios señalan que la confianza, la comunicación y el apoyo familiar pueden ayudar a reducir el FOMO. Escucharles y tratar de entender cómo se sienten es un buen punto de partida.
Frente al FOMO también podemos emplear algunas prácticas que propone el JOMO (Joy of Missing Out). Este se traduce al español como la alegría de perderse algo. No significa aislarse ni dejar de participar. Es poder elegir conscientemente cuándo conectarse y cuándo no. Promueve disfrutar lo que estamos haciendo sin sentir que siempre deberíamos estar en otro lugar. Nos inspira a reconocer que no necesitamos estar presentes en todo para sentir que pertenecemos.
En la vida familiar, practicar la filosofía del JOMO puede verse cuando nuestros hijos dejan de pensar que se van a perder de algo si no están en línea. Parece sencillo, pero en la práctica se las trae. Y aquí viene la pregunta del millón: ¿cómo ayudamos a nuestros hijos a llegar a eso?
La psicóloga Alison Gopnik nos invita a preguntarnos si criamos como carpinteros o como jardineros. Mientras el carpintero busca moldear la madera según una forma definida, el jardinero prepara las condiciones para que cada planta crezca a su ritmo.
Si nuestro hijo está jugando en línea con sus amigos, pero ya es hora de dormir, ¿somos de los que apagan la consola sin importar que esté a mitad de una partida? ¿O le ayudamos a organizarse, avisarles a sus amigos que debe desconectarse y acordar otro momento para jugar?
Ahí comienza el JOMO. Cuando les ayudamos a reconocer si disfrutan de verdad o si es el miedo a perderse algo el que termina decidiendo por ellos. Cuando nuestros hijos descubren que pueden dejar pasar una conversación de WhatsApp, una publicación en Instagram o un juego sin sentir que están perdiendo su lugar entre sus amistades.