Por Mariam Carpio Carpio
Mamá y Co-Fundadora de ColibrIA
¿Sabías que entre los 0 y los 6 años, la tecnología no aporta nada al desarrollo de niñas y niños? Antes de conocer el mundo digital, los bebés necesitan conocer nuestro rostro, nuestro ritmo… nuestra presencia.
Cuando nació Maya, todo cambió. Las noches eran largas, los días borrosos, y mi celular se convirtió en un refugio: ahí encontraba consejos, respuestas, compañía… y también comparación, culpa y ansiedad.
Un día, mientras amamantaba a Maya, note que me veía como queriendo memorizar mi rostro. Pero yo tenía la vista en la pantalla. En ese momento lo entendí todo: la primera conexión que Maya necesitaba no era con el mundo… era conmigo.
Desde entonces, decidí vivir la crianza tecnológica plena, con intención. Apagué el celular durante las tomas, especialmente en la noche. Lo dejé lejos durante el baño, el arrullo, los despertares lentos. Elegí momentos del día para estar 100% presente: cuerpo, mirada, corazón. No para ser perfecta, sino para ser real y estar ahí.
Cuando usaba el teléfono, trate de hacerlo con propósito: escuchar un cuento, aprender o una canción nueva para susurrarsela antes de dormir. Dejé de seguir cuentas que me hacian entrar en comparaciones y empezó a construir comunidad con otras mamás que compartían testimonios desde su propio ritmo: imperfecto, pero propio.
Cuando Maya creció un poquito, ya con 9 meses, comenzó a mirar algunas pantallas.
Ahí elegí hacerlo con cuidado. No cualquier video. No cualquier sonido. Lo simple. Lo suave. Lo humano. Elegí incluirla en videollamadas, donde sus abuelitas le cantan tortillitas y le enseñan las mariposas. Abracé a la tecnología para conectar con amor, no para entretener con prisas.
Y así, entre pausas digitales y abrazos sin distracción, Maya creció y yo también.
Porque la crianza no es solo alimentar: es modelar. Es mostrar cómo cuidamos nuestro tiempo, nuestras emociones, nuestra atención.
Hoy, cuando me preguntan cómo hace para equilibrar maternidad y tecnología, respondo con una sonrisa:
“No se trata de no usar pantallas. Se trata de usarlas con el corazón encendido. Porque antes de aprender a navegar el mundo digital, mi hija necesitó aprender a navegarme a mí.”